Ignoro quién inventó la siesta. Quizás Adán después de que le sacaron a Eva de una costilla.
Uno de los sonetos que forman parte de mi galería de poemas favoritos es del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán; se titula “Sé que estoy vivo” y dice el terceto final:
Siento el sudor ligero de la siesta.
Bebemos vino rojo. Esta es la fiesta
en que más recordamos a la muerte.
Es un soneto que crea ambientes y hermana, una vez más, como en toda la poesía que vale la pena, el amor y la muerte. Hay, sin embargo, otra razón adicional para mi preferencia, y es que menciona algo que por lo general no se considera muy poético. La siesta y el sudor. “Siento el sudor ligero de la siesta”. Es un verso impecable. Impecable no solo por su factura, sino por la evocación de esos instantes de somnolencia ocasional que constituyen uno de los mayores placeres de la vida. Se trata de una deliciosa suspensión de la existencia, de un tránsito fugaz hacia una tierra prometida de descanso, de una ruptura de efímera duración que ofrece lo que el sueño profundo y extenso es incapaz de proporcionar.
Ignoro quién inventó la siesta. Quizás Adán, después de que le sacaron a Eva de una costilla. Pero modernamente se atribuye a los pueblos latinos, en general, y a los españoles, en particular. Durante muchos años el estereotipo del mexicano que pululaba en Estados Unidos tenía dos puntas: o era el bandido despiadado de diente de oro o el campesino perezoso en trance perpetuo de siesta. Yo, como mexicano, habría suscrito el segundo, naturalmente: el que duerme no hace daño.
Siesta y tierra caliente son casi sinónimos. No se necesita ser español, muy mexicano, muy vago ni muy valiente para echarse media hora en un catre después de almuerzo, cuando las cosas del mundo parecen suspendidas por el calor y afuera hasta los moscos se protegen a la sombra. El coraje se necesita para descabezar un motoso en la oficina, en pleno invierno, en clase de derecho romano, en el estadio antes de que salten a la cancha los equipos, en una visita social o en una junta de propietarios del edificio. Ahí se precisa valor para mandar todo al diablo y entregarse en brazos de aquel hijo menor de Morfeo que inventó los sueños de pocos minutos.
Gaitán Durán rinde su poético homenaje a la siesta playera, aquella que necesariamente va acompañada de sudor, cabezadas, sombrerito de paja y acaso un hilito indiscreto de saliva tornasolada. En otro poema, llamado precisamente Siesta, Gaitán vuelve a doblar la rodilla ante la “siesta feliz entre los árboles”. En este sentido, él es a la poesía lo que Claude Debussy a la música, con su famoso Preludio a la siesta de un fauno, estrenado en 1894 a partir de una égloga de Mallarmé, datos que ni nos van ni nos vienen a usted y a mí, pero que nos dan a ambos una deliciosa sensación de cultura.
Menciono los poemas siestíferos de Gaitán Durán y la partitura de Debussy, porque recuerdo que hace unos meses el ministro de Sanidad francés recomendó a sus compatriotas que dediquen 15 minutos diarios a la siesta. Según el ministro, las empresas deben aceptar que sus empleados se desconecten de la jornada laboral por un ratico, lo que redundará en mayor productividad y mejor calidad en el trabajo. Así lo hacen ya en muchas compañías japonesas y en Tailandia, donde el Gobierno fomenta la siesta empresarial de media hora obligatoria.
Lo curioso es que los franceses pretenden instaurar la siesta cuando esta pausa tiende a desaparecer de los hábitos españoles, influidos por el horario norteamericano que deja apenas una hora para almorzar y destierra cualquier posibilidad de cerrar los ojos y trasladarse por unos minutos al reino del descanso. La tradicional costumbre que establecía un lapso mínimo de tres horas para el almuerzo está desapareciendo y llegará el día en que la siesta regrese a España gracias a las pautas de salud y eficiencia laboral dispuestas por los orientales y —¡ay!— por los sospechosos vecinos franceses.