20 de enero de 2008 :: Edición 275

Cartas a jv

Adiós a las arpas

Con el instrumento celestial y emblematico del arpa, le decimos adiós al mundo idílico y sereno de la ciudad de Panamá, que en 2008 inicia su tránsito hacia un período de cambios materiales y espirituales.

César Young Núñez

En un artículo intitulado Don Quijote y la muerte, de Fernando Savater, uno de los más influyentes y singulares filósofos españoles de la actualidad, señalaba que “la saludable locura quijotesca opta por la caballería andante, pero otros muchos vitales desvaríos alternativos son imaginables y no menos eficaces… mientras el letal desengaño no nos despierte de ellos”.

Sostiene Savater que mientras Alonso Quijano persista con su talante quijotesco, agita y hace vivir con intensidad lo que gira a su alrededor aunque fracasen sus objetivos, porque lo que verdaderamente cuenta es el ánimo en vilo y no los resultados que en última instancia se vuelven, antes o después, en contra de nosotros.

En este inolvidable y bello artículo, Savater nos recuerda, al igual que Sancho junto al lecho moribundo de Alonso Quijano, que la verdadera locura consiste en dejar de cabalgar y echarse a morir.

Esa ilusión quijotesca es la que debe alumbrar el ánimo y llenar nuestro mundo mental ahora que estamos en los umbrales de 2008, porque los sueños y las esperanzas nunca morirán hasta que no desaparezca el último hombre sobre la tierra.

La vida es una aventura y un riesgo y hay que vivirla reinventando nuestros sueños y propiciando la búsqueda de un mundo menos traumático que no desatienda ni lo humano ni lo espiritual. Lo único maravilloso que nos queda es esa esbelta actitud optimista frente a la horrible barbarie del delirio paranoico responsable de tanto sufrimiento y tanta muerte inútil.

Yo seguiré estando a favor de la leyenda y de los mundos imaginarios de Jorge Luis Borges, de los ríos, los bosques y las piedras y los innumerables monumentos mitológicos y tutelares de Pablo Neruda, y de las invenciones admirables del aire y los sueños de la poesía de Octavio Paz, y de esos momentos en que me solazo con la lectura de las leyendas celtas y releo los cuentos de hadas, y a la luz de la lamparita que me regaló la bella y bondadosa doncella de Orleans me deleito con la lectura de los sonetos de Camoens y Ronsard, y cabalgo entre orcos y hobbits por los inhóspitos senderos de El Señor de los Anillos, y me envuelvo en la fantasía de Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, y sostengo un diálogo aéreo y cromático con los ingrávidos personajes de Marc Chagall, y me maravillo ante la claridad y el misterio de los óleos y los lienzos de R. B. Kitaj, y me identifico con la musa visual de Woody Allen y Scarlett Johansson. Es un mundo vinculado al universo de las invenciones, al sueño y la leyenda, al amor y la gentileza, a la fraternidad de las alondras y la alianza interminable de las libélulas y los arroyos. Un mundo alejado de los íconos efímeros de los diablos verdes y de los diablos rojos. Un mundo que rescata la alegría, el juego y la aventura, el amor y la ternura.

Siempre he creído que a la felicidad hay que cantarle, como le cantaba mi buen Don Quijote a esa bella dama que forjó en su mente con el nombre de Dulcinea. Aunque la triste realidad nos parezca fea y sin gracia, como Betty o como Aldonza, sólo a través del maravilloso corazón de Don Quijote, con los poderes del amor y del encantamiento, seremos capaces de transformarla y encontrarla como la más hermosa labradora que vieron los siglos.


 
 
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