El beso francés permite a un amante explorar el sistema inmune del otro con el fin de rechazar a las personas que tienen un gran parecido genético.
Yo creo que todos recordamos nuestro primer beso; nuestra primera incursión a “segunda base” y por supuesto, nuestro primer “jonrón”. Extraña costumbre esa, la de besarse. Con los animales lo tenemos clarito. Cuando tu perro te lame el morro, idiota, no es que te está dando besitos.
Es que está recreando comportamiento tallado en su ADN; los críos de mamíferos terrestres, después de la etapa de amamantar, le lamen el cuello a la mamá para que regurgite todo lo que ha cazado “allá afuera de la madriguera”. Y por supuesto que para investigar sobre el beso y su historia, y sus connotaciones, me fui directo a Wiki: una que me gustó, en todo lo que pude leer, fue la cita de Robert Lembke (un periodista y locutor alemán): “Un beso es una encuesta en la planta alta para saber si la planta baja está libre”. Pero parece ser que lo del beso no es simplemente “primera base”. Un biólogo francés, Thierry Lodé, ha revelado que el famoso french kiss o beso con lengua (esto me trae
recuerdos de un noviete mío que me llegaba hasta las amígdalas) tiene otra función: el intercambio de saliva. O sea, el chiste aquel de que beso en árabe se decía “salibaba, salibabiene” estaba dead on, right on the money. Ambas, expresiones de acierto. Volviendo a la babeadera, el intercambio de saliva, según el francesito, permite a un amante explorar el sistema inmune del otro con el fin de rechazar a las personas que tienen un gran parecido genético.
O sea, que —desde el punto de vista evolutivo— el compañero de revuelcos debe tener un ADN súper diferente al nuestro, para favorecer una progenitura saludable. Ya sabemos de una cierta familia muy endogámica (o sea que se casan entre sí, como los faraones egipcios) de Veraguas de cuyos miembros se dice, que o son genios, o están como una cabra.
Pero también entra en juego aquí el olfato, que reconoce a ciertos patógenos: recuerda que solo tenemos cuatro tipos, perdón, cinco tipos de papilas, que distinguen salado, dulce, ácido y amargo, y ahora, un quinto je ne sais quoi (en francés suena más misterioso) llamado umami, cuya máxima expresión es el glutamato de monosodio o aquel polvito blanco que conocemos como Aji-No-Moto. Pero nada de esto va a importar, según The New York Times, si un experimento que están conduciendo unos científicos en Ginebra se llega a dar: parece que podría causar que se abriera un hoyo negro o black hole, que se podría comer a la Tierra.
Vamos a ver si mi cerebro de guandú ni fresco ni oloroso me permite entender: parece que cerca de Ginebra, Suiza, hay un acelerador gigante de partículas que va a comenzar a majar protones este verano septentrional. El organismo responsable es el Centro Europeo de Investigación Nuclear, o CERN (por sus siglas en francés o whatever), con el apoyo de Fermilab y otros niños grandes del Viejo Mundo. Don Michael Corleone, de ser real y no producto de la imaginación de Mario Puzo y Martin Scorsese, estaría revolcándose: ese “beso de la muerte” no lo puede superar ni el legendario Padrino.
Pero, volviendo al acelerador de partículas… lo que llamó la atención del NYT es que dos tipos en Hawaii han interpuesto una demanda contra CERN, y dicen que el experimento podría echarse un hoyo negro que se puede comer al mundo; o si no, escupir [sic] una cosa llamada strangelet que puede convertir a nuestro planeta en una masacota muerta y densa de algo llamado “materia extraña” o strange matter. Esa otra no tendría histérico a Corleone alias Pacino, pero al cowboy de la Casa Blanca y su Svengali, Cheney, bien les podría dar un faracho si alguien más se les adelanta en este tedioso proceso de acabar con el mundo en que están ellos hasta las zapatillas (¡ay, Al Gore, por qué cediste Florida!).
Con tanta construcción andando en la ciudad, de seguro me levanto al menos a un tipo disfrazado de Village People. Acuérdate, que le baisemain o besito en la mano, que da un caballero sin siquiera rozar el dorso de la mano de la dama en cuestión, sería igualito, en proporciones, a una chorreada de soda roja en el Matasnillo. Lo que se nos vendría encima sí que sería apocalíptico, así que “a besar, a besar, que el mundo se va a acabar”.