“Siempre pienso cuál es la primera canción [en un concierto] y después de la primera… Lo que hago es imaginar el viaje. Todos mis conciertos son un viaje. Viaje hacia las diferentes manifestaciones del amor”.
Francisco Whittingham |
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“Para mí un concierto es echar cuento”. |
Eric Batista |
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“La escena me crece, porque puedo ser todas las mujeres”, dice Yomira. |
Hay que ver a Yomira John. Eso concluí cuando vi su video en la red el día anterior y lamenté no haber llegado temprano a Casa Góngora ese viernes. Su voz saltó por el balcón y retumbó contra los ladrillos de la calle. Así me dio la bienvenida. Pero la chica que cuidaba la puerta aplastó mi ilusión. “Ya no hay capacidad arriba”, me dice pelando los ojos, y añade conciliadora que ella Yomira, bajaría luego.
Contrariada pasé al patio interior de la antigua casa donde otras 30 personas sentadas en sillas plegables, sobre un piso de piedras de río, nos conformamos con sentir la calidez vocal de Yomira flotar. Durante una hora solo la escuché en medio de la bulla de conversaciones y las botellas de tinto de mis compañeros de espera, entre las estrellas que se avistaban por el patio sin techo y la llegada de curiosos y turistas que recibían las malas noticias, escuchaban unos minutos, y luego partían suspirando. “Qué tristeza”, murmuró una chica mirando hacia la planta alta antes de salir.
Yomira pinta el bolero. Le quita, le pone. Diluye, concentra. Borra, desmenuza, deconstruye. Se toma su tiempo con un tema o precipita su final. Hace pausas donde quiere, saborea la letra, coquetea con la música, con el espectador, revuelve en su boca una sílaba o una palabra, y luego la suelta. Hurga dentro de sí por el sentimiento requerido: rabia, nostalgia, ternura. Prolonga las notas que se le antojan.
Uno, curioso, quiere saber qué va a hacer con “mi canción”, ya sea Se te olvida, Cómo fue, La tirana, Qué te pedí, Para decirte adiós, Dos gardenias para ti... Y se convierte en una canción nunca antes oída y a la vez muy familiar.
Cerca de mí, una señora con rizos oxigenados corea La tirana mientras sorbe un vasito de cerveza. Además de mirarnos y escuchar, no nos queda otra que cantar con Yomira.
Piensa en mí, me hace sacudir la cabeza. Era la que quería verla interpretar. “Piensa en mí”, corean mis compañeros.
Nos estremece Gracias a la vida, un panegírico a los altos y bajos de una existencia. “Me ha dado la risa… y me ha dado el llanto”, canta Yomira, rompiendo la palabra final. Después de este tema, la mayoría de la gente abandona la “sala de espera” pero seguía llegando gente.
Siguieron Puro teatro, Bravo y el tango Volver. Para entonces solo quedábamos media docena pendiente de la escalera de madera. Y nos dejaron subir…
Al asomarnos al umbral del salón nos quedamos de una pieza. Yomira, de cabellos cortos, desordenados y rubios, se torcía a merced de la melodía y regalaba al público hipnotizado la esencia de ese tango que terminó con un inesperado “Ay ombe”.
Conoce su voz y la lleva donde quiere. Le imprime una cualidad visceral a su interpretación, e improvisa sin parpadear. Físicamente vive la canción y por eso se siente que cuenta, y no solo canta, la historia.
Entre el público sentado en unas 15 mesas estaba Lord Panamá y el maestro Leslie George, quienes se animaron a cantar un calipso que añadió carcajadas al ya distendido y embelesado ambiente.
“Se sienten como si estuvieran en la sala de mi casa, ¿ah?” pregunta feliz Yomira, “¡Un viejo amor!”, grita un señor del público. “Pa qué? A mí que me den dos de 20”, responde ella entre risas. Un hombre con videocámara no la pierde de vista mientras ella se menea, cierra los ojos e inclina el cuerpo vestido de celeste entonando Historia de un amor.
“¡Mi último bolero!”, anuncia Yomira y abraza al guitarrista Ernesto Montenegro. “¡Otros 50!”, grita un hombre del público. Yomira deja el micrófono y canta entre la gente, tomando manos, apretando y agradeciendo. Y su público brilla. Termina la canción en medio del salón, con brazos extendidos, ovacionada. Enseguida se ubica en la puerta a despedir a cada uno con un abrazo. “A soñar con boleros”, les dice ella radiante.
Talento cocinado en Pueblo NuevoYomira es hija de Pueblo Nuevo, nacida en la década de 1960. Es la segunda de tres hermanas a quienes su madre Carmen compuso una canción. La de Yomira es Epolongo “porque siempre fui bien redondita”, explica. Su abuela Aleja y sus dos padres, Carlos John y Arquímedes Bravo, la motivaron musicalmente con canciones afroantillanas y silbidos. Heredó de todos ellos la pasión por La Lupe, por Olga, por Celia; el amor al bolero.
Su tío el boxeador Carlos Mendoza la ponía a bailar en el barrio y en un verano en Puerto Armuelles (tierra materna) Yomira aprendió a silbar. En su familia todo el mundo tiene un silbido y tenía cuatro compinches con las que se comunicaba así. En Pueblo Nuevo era la “buena” del barrio, que cantaba en la iglesia y con quien la gente se iba a desahogar.
Cecilia Machado, su profesora en el Comercial Panamá, la llevó a los 13 años de edad al Conservatorio Nacional y posteriormente al Coro Música Viva, con el cual hizo giras internacionales durante su adolescencia.
“Me dijo que tenía una voz con una transparencia, un velo angelical. Me llenó de cumplidos que fueron en la época para mí como ay...”, recuerda Yomira.
A pesar de ese empape musical que recibió en su juventud, Yomira no fue guiada hacia una carrera como cantante profesional.
“Como estaba tan desvirtuada la imagen de una artista nacional, mi madre me protegía por lo difícil que fue para ella”.
Decidió estudiar educación especial para niños con lesiones cerebrales, ganó una beca del IFARHU y se fue a cursar esa licenciatura en México. Sin embargo, después de la invasión estadounidense en 1989 le cortaron la beca y sintió que tenía que regresar a Panamá.
Una noche una amiga mexicana la llevó a la discoteca Fandango, en el D.F., donde un grupo haitiano tocaba merengue. La presentó, Yomira se atrevió y la contrataron al terminar. Dejó la universidad, y estaba cantando en Acapulco cuando un artista español llamado Joseles la contrató para trabajar en el show-bar Amadeus en México D.F.
Tres meses después Danny Rivera le pidió que cantara con él en un programa de televisión, y al poco tiempo Luis Miguel la fue a ver y la reclutó para su coro. Así le siguieron Emmanuel y Ricky Martin. Trabajó con Televisa “grabando las voces para que cantaran sus cantantes; nunca proyectos que se hicieran conmigo”.
“Era experiencia para mí. Tenía la edad y las ganas, estaba de moda y estaba en la rosca, y siempre tienes la esperanza de que vas a grabar o a hacer algo, pero me di cuenta de que solo rebotaban al personaje”. Aquel de tener una “morenaza” en los coros.
Realizaciones y cambiosUn día el doctor Amador Pereira, un panameño asiduo de Amadeus, le dijo fúrico, cuando Yomira regresó de una gira con uno de estos artistas: “Más vale ser cabeza de ratón que cola de león”.
“Eso me dio vueltas años”, dice Yomira. “Él quería decirme que por qué tenía que ser ‘la corista de’, si podía ser yo… Eso me quedó como un consejo, una punzada, una provocación”.
Poco a poco dejó de querer seguir cantando pop. Sus raíces caribeñas le llamaban. Quería interpretar sones y boleros. Al mismo tiempo aún pensaba que debía buscar esposo, ahorrar, terminar la carrera de educación y volver a Panamá.
“No me fui de Panamá creyéndome una artista”, reflexiona. “No teníamos el mismo orgullo que tenemos ahora. Creo que esas bases sí me hicieron falta; sentía que de alguna forma estaba traicionando mis convicciones y a mis padres, y había culpa”.
Al dejar de ser corista, Yomira participó en muchos festivales y tuvo su propia orquesta, y cantaba con grupos en bares y en fiestas privadas. Así su carácter de solista se fue formando.
Corría el final de la década de 1990. Antes de haber cumplido los 30 sus detractores ya decían que su carrera estaba acabada. “¡Y yo sentía que ni había despegado!”, dice. Mientras cambiaba el rumbo, vivió un periodo sombrío.
“Por cinco años no vine a Panamá. Fue una de las tristezas más grandes que he vivido. No tenía dinero. Fue difícil confrontarme, no hay peor enemigo que uno mismo. Tenía problemas de ubicación social, de físico. Te ven siempre como extranjera, y gente que dice que quiere hacer cosas contigo pero realmente no. Te sientes utilizada, y había agarrado una rabia que no me ayudaba pero como nunca había sacado mis rabias…”.
Y Yomira se dejó ir hasta el fondo, hasta abajo se fue con sus ñáñaras, como ella les dice. “Cuando llegué a estos niveles —porque me perturbaron mucho— vi cosas, hice cosas, experimenté pasé por muchas mujeres que están dentro de nosotros”, explicó.
Pero Pueblo Nuevo la salvó. “Siempre ha existido esa base sólida, humana, de mis raíces, mi educación, y la manera de ser del panameño, que permitió que yo viera los peligros. Tal vez si no hubiera tenido los consejos de mis profesores, de mi madre y padres, y de haber visto en mi barrio ciertos deterioros, quizá no”.
Yomira empezó a mudar de piel y encontró sus alas.
Las alasEra 1998, y Yomira se “desnudó” ante Dios y la Guadalupe, y pidió: “Mándame un muchacho, bueno, simpático, juguetón, que le gusten las gorditas. Así como soy, y sin máscaras”.Cuando Damien llegó, sabía que era él. “Yo le vi las alas, con esos ojitos azules. Nadé allá dentro”, dice con ternura.
Damien Prouvost estaba trabajando en México haciendo dibujos animados para televisión por cable, tomando un receso de París, donde era diseñador gráfico. Su intención era pasar unos meses, pero se quedó cinco años. La última mitad de ese tiempo fue cuando conoció a Yomira, que ya “había cambiado de barrio, de agenda y de vida”.
Al mes se mudaron juntos. Al año siguiente Damien produjo y gastó todos sus ahorros en el primer disco de Yomira. Con Así son…pa’ los pelao cerraron su estadía en México y lo lanzaron en Panamá y México, con Wilfrido Vargas como padrino.
“Mi fortuna está aquí [señala su garganta]. La falsa modestia me fue dejando. No fui yo quien la dejé, fue la vida misma que dijo ‘Ya, mija, ya’ (...) Eso te va revalorizando. No llevé diploma, pero me traje un disco”.
Se casaron y partieron a Francia. Allá aprendió francés en tres meses y vivió periodos de nostalgia, queriendo seguir teniendo un contacto con América.
El salsero panameño Camilo Azuquita, quien ya había popularizado la salsa allí, la presentó a los medios parisinos. En ese entonces en Francia estaba muy pegado el Buena
Vista Social Club, y su disco correspondía con el de una representante más joven de esa música.
Damien, con el que tiene “una conexión artística muy fuerte”, la animó a componer y allá se dio cuenta de que estaba feliz.
Cuba y la PapayaEn 2003 fue invitada al reconocido Festival del Bolero de Cuba. Esa versión estaba dedicada a la cantante cubana Elena Burke, y Yomira recuerda que los cubanos le dieron tal acogida que le decían que sentían que habían “visto” a Elena.
Allí conoció al pianista tico Manuel Obregón, director de la Orquesta de la Papaya, una agrupación de 19 músicos centroamericanos.
Una chamana de Nueva Orleans le había dicho a Obregón que su grupo necesitaba una cantante femenina, por lo que lo primero que le dijo Obregón —recuerda Yomira— fue: “Sos vos”. Y así inició su asociación con la Orquesta de la Papaya, con la que hasta ahora ha hecho giras, un disco y un dvd.
El regresoRegresó a Panamá en 2007. Se ha presentado en diferentes locales cantando world music, pero sobre todo boleros.
En este periodo le canta al amor. “Lo más cercano al amor y al romance para mí es el bolero. Es nuestro blues”, explica.
Sin embargo, aunque no tuvo problemas consiguiendo presentaciones y recitales en Panamá, no encontró apoyo en productores locales para el disco de boleros. Le dijeron que “nada que ver” con boleros, que debía hacer típico, reguetón o baladas. “Pero, ¿viste el público de anoche? La gente está ávida del bolero… No me quiero perder eso. Creo que ahí hay que escuchar la voz de tu corazón”.
Giras y discosLo primero en su agenda de proyectos es terminar un disco de boleros. Paralelamente trabaja en otro de tradiciones musicales panameñas como la mejorana, décimas, cantos emberá, el calipso, etc., mezcladas con instrumentos de todo el mundo. Para esto ha compuesto unas 12 ó 15 canciones.
Sus recientes presentaciones en Casa Góngora fueron un preámbulo para una revista musical que Yomira prepara para presentar antes de que termine el año.
En este mes de abril está de gira de 10 días en Costa Rica con la Orquesta de la Papaya, y luego en Guatemala y Nicaragua con algunos músicos de esta agrupación. Luego viajará a Francia de gira y para presentar a su hijo de un año, Dimar, a su familia francesa. Espera regresar a escenarios panameños en agosto.
En junio participará en el Festival Internacional Boleros de Oro en Cuba, y en agosto participará en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez (Colombia).
Las presentaciones están apareciendo casi al azar. “Sigue siendo una historia de magia, de milagros, de confabulación de Dios y de las estrellas”, resume.
Añade: “Por eso no me vuelvo loca porque no tengo 20 discos grabados ni porque cada media hora tenga un éxito en la radio. El hecho es que no hay que dejar de hacer lo que tienes que hacer, porque en verdad todo el universo puede conspirar para que las cosas se realicen como tú quieres en el momento en que estés preparado para ellas”.