6 de abril de 2008 :: Edición 286

Teatro

El progreso implica un retroceso

Una familia que vive al límite de la disolución, y tres payasos cansados de pasarla difícil, están en Panamá.

Daniel Domínguez Z.

“La omisión de la familia Coleman” ha participado en los festivales de Cádiz, Nueva York y Buenos Aires.
“Los que ríen los últimos” se ha presentado en Madrid, París, Guatemala y El Salvador.
El ser humano batalla contra el tiempo y el destino, fuerzas que no siempre siguen las órdenes de su aspirante a dueño. El teatro explora los callejones y las salidas de esa conflictiva relación. En escena, entre luces y sombras, los artistas encuentran nuevas preguntas para explicarse el paradójico comportamiento social. En el Tercer Festival de Artes Escénicas de Panamá (FAE) hay dos colectivos que siguen a pie juntillas esta ancestral búsqueda: La Zaranda (España) y Teatro Timbre 4 (Argentina).

Un clan no convencional, con sus responsabilidades alteradas, es el punto clave del montaje argentino La omisión de la familia Coleman, que el público podrá disfrutar el martes 8 de abril. Mientras que tres payasos perdidos entre los vaivenes del tiempo son los protagonistas de Los que ríen los últimos, puesta en escena proveniente de España y que se presentará el viernes 11. Ambos espectáculos serán en el Teatro Nacional, a las 8:00 p.m.

El equipo de Teatro Timbre 4 está encantado de venir a Panamá, país que aún no conocen. “Tenemos muchas ganas de presentarnos y muchas expectativas por conocer esa tierra y su gente. Hay nervios por lograr trascender las fronteras y lograr comunicarnos con ustedes”, indica su director, Claudio Tolcachir, en una entrevista telefónica desde Bogotá, ciudad colombiana donde están de gira hasta hoy domingo.

En tanto, La Zaranda, fundada en 1978, estuvo invitada a la primera versión del FAE, pero la enfermedad de una actriz obligó a cambiar de planes. “Sentíamos desde entonces una deuda pendiente. Son muy importantes los festivales en lugares donde las compañías no recalan con frecuencia. Mantienen la relación con la creatividad. Es difícil la organización de un festival si no se involucra al público, porque eso hace que las compañías sientan su presencia necesaria”, dice por su parte Eusebio Calonge, autor de Los que ríen los últimos, vía correo electrónico desde Madrid.

Evadir responsabilidades

En términos teatrales, La omisión de la familia Coleman es una propuesta realista, pero con cierta poética en medio de un paisaje anochecido. Desde lo actoral, la interpretación se instala en la naturalidad que brinda la absurda cotidianidad. “Queremos que el público sienta a los personajes, así como su casa y sus vínculos, y que todo funcione con una calidez que espero trascienda”, manifiesta Claudio Tolcachir.

El punto de partida de esta pieza fue hablar de una familia con la que cualquiera se puede identificar. Su organización es tristemente curiosa: los hijos son padres de su madre, no hay una figura paterna como tal y la abuela es consciente de hechos graves, pero guarda silencio para mantener la frágil unidad.

“Los personajes optan por no hablar, no mirar y seguir adelante, lo cual es terrible y al mismo tiene mucho de humor negro porque llegan a escenas de absurdo. Es tan difícil tratar de ser feliz y hacer feliz a los otros. Son responsabilidades demasiado grandes y a veces no podemos asumirlas”, indica el líder de Teatro Timbre 4, un grupo que lleva 10 años de historia en Buenos Aires y que tiene su propia sala.

Claudio Tolcachir no sabe qué es peor, si tener una prole disfuncional o carecer de personas emparentadas entre sí. “¿Cómo saber qué tipo de padre es mejor que otro? Cada uno hace lo que puede. Lo mejor sería tener una familia con un nivel de comunicación más o menos regular y con un nivel de cariño y de cuidados aceptable”.

Parece que la familia está sometida a un proceso de deterioro, que conduce a túneles cuya salida se encuentra en ocasiones clausurada. “La familia sanguínea tiene un gran valor, pero también las que se adquieren con los amigos y la pareja. Uno tiene que encontrar el círculo que lo cobije”.

Niveles de letargo

Los melancólicos payasos que integran Los que ríen los últimos “siguen una herencia, una tradición y se encuentran con que su vocación no tiene sentido en un mundo donde nada es ya perdurable”, explica el dramaturgo Eusebio Calonge.

Entonces, ¿para qué llevar ese sacrificio a cuestas? “Un sacrificio es un acto supremo de amor, y el amor es lo único que le da sentido a esta existencia, lo único que nos despega unos milímetros del suelo”.

Considera Calonge que actualmente el conflicto del hombre occidental es producto de vivir “sentado en las letrinas del confort. Todo progreso implica un retroceso, el desarrollo material ha llevado a lo espiritual a niveles de letargo. Occidente vive su eclipse de Dios con una desmotivación de todos los valores, como decía Eliot: ‘los hombres han olvidado a todos los dioses excepto la usura, la lujuria y el poder”.

Entonces, ¿cuál es el sentido de la creación? “Esta pregunta no está lejos de interrogarnos por el verdadero sentido de la vida. En este conflicto entre lo temporal y lo eterno, está el motor de todas las obras de La Zaranda”.

Espejo de emociones

Para Eusebio Colange, parafraseando a Cervantes, el teatro debe ser un reflejo de la humanidad. “Sólo el hombre necesita descubrirse en el fondo de este espejo. Mirándose en el otro, porque al ver a otros nos reconocemos. Solo hacia el otro y en el otro toman dirección y sentido nuestros actos y palabras. Un artista es aquel que busca la verdad a través de la belleza. Quien traiciona su verdad como artista traiciona su conciencia como persona, destruyendo así la propia fuente de la belleza. El teatro es un llamado, un acto de amor, su misión es crear puentes de entendimiento entre los hombres mostrándolos en ese espejo”.

Claudio Tolcachir apuesta porque el teatro entretenga y haga reflexionar a la audiencia. “El solo hecho de generar una magia distinta debe producir una transformación y un cambio en el espectador, una capacidad de hacerlo soñar”. En sus palabras, el fracaso del teatro está en la incapacidad de conmover. “Si al terminar la obra solo se sintió aburrimiento, algo falló”.

Fortalezas y debilidades

El teatro que se hace en Europa, salvo las excepciones de rigor, es de baja calidad. Así opina el dramaturgo Eusebio Colange. “Carece de emoción porque no habla a través del alma sino que lo que se intenta comunicar es la apologética del autor, cuando no se limita a puros experimentos formalistas o tecnológicos que intentan ser vanguardias y son retaguardias antes de que sean estrenados”.

A esto no escapa el teatro que se hace en España, que “está escindido de la tradición desde Valle Inclán. Y sin tener en cuenta esa columna vertebral de nuestra propia tradición teatral, que arranca con las danzas de la muerte y sigue con los autos sacramentales, sin mirarse en ese otro espejo tampoco es posible reconocerse, ni mucho menos hacer algo novedoso, algo original. Original es decir traer desde el origen”.

Piensa Colange que ser artista en España no es diferente de serlo en cualquier otro sitio del globo, “la creación, el talento, no lo otorga ninguna ley o decreto, aun menos el dinero. Y la responsabilidad ética ante la sociedad la tiene cada ser humano, no especialmente los artistas”.

¿Qué es lo mejor y lo peor de ser teatrista? “El creador tiene una comunicación interior que posiblemente otros no tienen; antes que nada la poesía era oráculo, esta capacidad de revelación puede parecer un privilegio, pero también esta capacidad de denunciar lo que podría pasar lo situaba fácilmente como chivo expiatorio de una sociedad”.

Visto desde la otra orilla, Claudio Tolcachir plantea que una ventaja del teatro que se lleva a cabo en Argentina es que “hay muchos espacios para hacer teatro, muchas personas dedicadas a esto, muchas son las escuelas y los dramaturgos. La cantidad hace que aparezcan procesos interesantes”.

Destaca que en su país hay una libertad ejercida desde la responsabilidad y la seriedad. “El 70% de lo que se haga en Argentina no tiene una trascendencia artística importante, pero por lo menos hay un sector que logra trascender”.

Se vive con y para el arte y es un hecho aceptado por Claudio Tolcachir. “Como en todas partes, los artistas estamos solos y tratamos de lograr un objetivo, que solo nuestra fe nos dice que existe. Luego viene la vida real y tienes que pagar las cuentas como cualquiera, entonces vivir es complejo, pero ser actor es algo maravilloso”.


 
 
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