La habilidad de mi mujer consiste en que, cuando uno ya está atrapado en la telaraña, sigue creyendo que ella le está haciendo un favor.
Cómo les dijera? Yo me consideraba un hombre de avanzada, un antimachista del tercer milenio.Siempre critiqué a quienes piensan que la mujer debe estar recluida en la cocina mientras el marido anda dichoso por la calle.Es más, quise dar ejemplo y decidí que en mi casa, si era necesario, yo me quedaría en la cocina y mi mujer saldría dichosa a la calle.Pero ella, muy comprensiva, me comentó con dulzura:— Te agradezco la intención, pero no te preocupes.Tranquilo, que eres un hombre a la moderna, pero yo soy una mujer a la antigua y prefiero quedarme en la cocina y que tú salgas a la calle.
Debí de haber olido que tanto cariño encerraba una trampa.Pero la habilidad de mi mujer consiste en que, cuando uno ya está atrapado en la telaraña, sigue creyendo que ella le está haciendo un favor.Por eso tampoco sospeché nada cuando, a renglón seguido, me pidió que, mientras ella se quedaba sudando en la cocina, yo saliera a la calle y le buscara un ramito de culantro.Quería hacerme un plato especial, un almuerzo distinto.
Pasábamos unos días de verano en una pequeña isla española, y no llegué a imaginar que allí el culantro era una yerba desconocida, pero una palabra de pésimo sonido.
— ¿Me da usted culantro? —pedí al primer ventero.
— Pues se lo dará su padre, ¿por quién me toma usted? — contestó el hombre, indignado.
Volví a pedirlo en dos o tres puestos y en todos ellos obtuve respuestas desagradables.La menos atrabiliaria fue de una marchanta bigotuda y arrugada que expuso una sonrisa sin dientes y me susurró con ardor:— Se lo daría, guapo, pero mi marido está por volver.
Cuando regresé a casa sin el culantro, mi mujer recordó que en España al culantro lo llaman cilantro y, en esta región donde estábamos, le dicen, en particular, coriandro.
— Mejor olvídate del culantro y cómprame unos huevos de codorniz, que voy a preparar otra
receta.
Salí, pues, por los huevos de codorniz, que eran parte de nuestros mejores recuerdos gastronómicos latinoamericanos.Pero ocurrió que este también era un producto escaso en la isla.
Acudí al mercado de pollos y pescados.
— ¿Tiene usted huevos de codorniz? —pregunté al primer vendedor.
— Tío —me contestó con sorna—, tanto como de codorniz, no… sería una exageración decirlo.
El siguiente fue más cortante.
— ¿Tiene huevos de codorniz?— Yo no, ¿y usted?Mi gestión no iba bien.Y empeoró.Las siguientes fueron algunas de las restantes respuestas que recibí:— Déjeme yo veo, pero por favor mire usted para otro lado…— Sepa usted que en estas cosas nunca he entrado a comparar.
— ¿Que si tengo huevos de codorniz? Pues le diré que ni siquiera me lo había preguntado.
— No, no tengo huevos de codorniz, pero en cambio puedo ofrecerle (y aquí dijo algunas cosas impublicables).
— Hombre, ni siquiera sabía que las codornices tenían huevos…— Otra pregunta como esta y será usted quien va a quedar con los huevos de codorniz.
Regresé a casa sin los huevos de codorniz.Mi mujer, resignada, comentó que entonces almorzaríamos lo de siempre.Yo le sugerí que saliera a buscar lo que necesitaba, mientras yo permanecía en la cocina.
— ¿Salir a la calle? Pero cómo se te ocurre...La calle es hostil y peligrosa: cuando no lo atracan a uno, lo insultan.Y si no lo insultan, entonces lo atropella a uno un carro.A mí déjame tranquilita en la cocina.
Ese día entendí cuáles eran las verdaderas prelaciones y empecé a volverme un machista del tercer milenio, de esos que quieren que sea la mujer la que sale a la calle.
Tal vez sobra decir que escribo estas líneas desde el computador de la cocina, mientras me tomo un buen vaso de vino y miro la telenovela matinal, que está buenísima.Más tarde llegará mi mujer, atracada, insultada y atropellada, con los ingredientes del almuerzo.