Casi todos los vagones del tren de The Panama Railway Company están ahora alquilados.
Hace cosa de 30 años visité por primera vez a Panamá. En ese momento un amigo local me dijo:
— No te puedes perder el viaje en tren de Colón a Ciudad de Panamá.
— Me dicen que precioso —observé.
— No solo eso: es el más fiel retrato de esta nación. Un trayecto que sintetiza el triunfo de la ingeniería sobre una naturaleza indomable; un vehículo que representa un canto a la tecnología; una empresa —The Panama Railway Company— que es modelo de eficiencia y unos pasajeros de todos los colores, todas las condiciones sociales y todas las lenguas, que revelan lo abigarrado de nuestro país.
La tentación era demasiado grande como para no caer en ella; pero fue mayor la emoción estética del viaje. En algunos tramos parecía que viajáramos por entre una nube; en otros formábamos parte de la selva; ni un solo instante el paisaje dejó de ser maravilloso; me sentí protagonista de una película extraña y disfruté de esa hora como había disfrutado de pocas durante un viaje.
En mi reciente visita a Panamá resolví repetir aquel periplo. Noté caras escépticas cuando informé de mis intenciones a algunos amigos, entre ellos aquel que me lo recomendó primero. Pese a las miradas que intercambiaron, solo me dijeron que era difícil reservar billetes. Les dije que únicamente pensaba utilizar el trayecto de regreso desde Colón, pues iba a viajar en carro a Portobelo.
El nuevo viaje fue una desilusión y, si no hubiera sido por la amabilidad de unos ejecutivos de cierta empresa transnacional, se habría convertido en un desastre.
Una vez en la estación de Colón y, cuando faltaba una hora para la salida del tren, apenas ofrecía información sobre el viaje un celador despistado. Ni un folleto ni un cartel para instruir a los turistas. El dato del celador, sin embargo, es que no habría problema alguno en nuestro soñado retorno a la que había sido inolvidable experiencia.
Todo resultó muy diferente a como había sido y a como parecía que iba a ser.
Casi todos los vagones del tren de The Panama Railway Company están ahora alquilados a poderosas empresas que trasladan a funcionarios de nivel entre las dos ciudades. Así lo advierten unos odiosos carteles que los turistas mirábamos boquiabiertos: “Vagón exclusivo para ejecutivos de...”. Un solo vagón quedaba libre para quienes no teníamos la suerte de ser gerentes financieros. En ese vagón viajaban hacinados, sudorosos, los pasajeros que, advertidos de la importancia de llegar una hora antes de la salida, conseguían apoderarse de una silla. Los demás turistas teníamos que hacer el viaje de pie (pero pagando tiquete completo, naturalmente) en las zonas de fumadores de los vagones exclusivos.
Fue allí, en una de esas colas descubiertas de vagón, donde terminamos los cuatro turistas de mi grupo. Alguien mencionó una ley que prohíbe fumar en lugares públicos donde se encuentren abstemios de tabaco, pero parece que la ley aún no rige en The Panama Railway Company, pues los ejecutivos competían allí en emisión de humos con el viejo tren del siglo XIX. El viaje para ellos era una rutina sin interés; la prueba es que muchos bajaban la persiana en su puesto y se sumían en sus computadores o en siestas de viernes en la noche.
Merced a la amabilidad de unas azafatas y de unos gentiles funcionarios de sillas reservadas que, conmovidos, nos abrieron campo, pudimos por fin viajar sentados. Con menos fortuna, otros turistas soportaron el viaje de pie asomados a los espacios abiertos de la cola del vagón, entre fumadores y traqueteos.
Cuando conté en la capital que el tren ya no era lo que fue, que ahora los turistas carecían de importancia, que pocos nativos se trasladaban en el ferrocarril y que las sillas eran casi un monopolio de poderosas empresas multinacionales para sus altos y fatigados ejecutivos, el más antiguo de mis amigos panameños comentó:
— Te lo advertí. Te dije que el tren era la mejor radiografía de nuestro país.
Allí entendí que el verdadero nombre del servicio debería ser The Companies’ Panamá Railyway.