El título de esta columna es producto del ingenio del panameño, animado por un espíritu que mezcla lo simpático y la celebración satírica.
Cuando vi por primera vez a Catalina Sandino en algunas fotografías de revistas y en algunas escenas fugaces de la película
María llena eres de gracia, me recordó mucho a una linda muchacha del cine mexicano que respondía al nombre de Rosita Quintana. El título de esta película y la imagen de Catalina quedó guardada entre aquellas cosas que uno atesora y cuida con verdadero cariño.
Alguna vez he pensado que existen seres y personajes que han gozado de una atracción pasajera, pero una vez que han llegado al término de su esplendor otoñal, inician su tránsito hacia esos bellos cenotafios que son las enciclopedias y las historias del cine que algún curioso impertinente hojea y lee por algún motivo especial. En el caso de Rosita Quintana, la televisión, que sigue siendo mágica, me la devuelve tal como era en aquellos años de mi amor adolescente y, sin duda, a Catalina puedo verla a través de una pantalla gigante.
Este premio ilumina los antecedentes de una historia sencilla y cotidiana en torno a una chica que trabaja en el restaurante Riko Pollo que queda al lado de mi casa. Tengo por costumbre rebautizar con nuevos nombres a mis conocidos y a mis amigos que giran en torno a mis actividades más comunes. Por ejemplo, a Santillana le decía Santi Mafia, y finalmente Sandy Mafia; a Chevo le digo el Chevo del 9, recordando al Chavo del 8; al señor Ríos, que antes iba a dejar una muchacha por una casa de Obarrio, y de paso ejercía de sabueso de Pinckerton mientras hacia mis ejercicios muy temprano, ahora lo hace por computadora, por lo que fue bautizado como el vigilante cibernético; al seguridad Gonzalo, le digo Gonzalillo, pechiamarillo; al otro seguridad Juancho, lo rebauticé con Juancho Carancho. A Briseida que vende lotería, la saludo y le digo que está muerta de la brisa.
Hace un tiempo llegué al Riko Pollo donde trabaja María, una joven jacarandosa y sonriente, y la saludé diciéndole: “María, llena eres de gracia”. Ignoro totalmente cómo se dio el cambio, pero un buen día, María me preguntó por qué yo la saludaba con la frase “María, llena eres de grasa”. Supongo que el ruido y la agitación propias de un sitio adonde acude una gran cantidad de personas hicieron que ella escuchara en vez de María, llena eres de gracia, María llena eres de grasa. Debo aclarar que María no tiene en lo absoluto algunas libras de más y no tiene inclinaciones anoréxicas. Ahora, todos sus compañeros y compañeras a su alrededor, cuando yo me hago presente, le cantan “María llena eres de grasa”.
En cierta ocasión, cuando regresaba de una fiesta donde había ocurrido milagrosamente que el agua se convirtiera en vino, encontré a mi joven y bella vecina en el momento en que su marido la pateaba y le pegaba en el suelo. Entonces le grité que era un cobarde porque a ninguna mujer se le debe pegar en el suelo. Acto seguido, al sacar la peinilla para arreglar mis cabellos desordenados, el hombre creyó que yo iba a sacar un arma blanca, aun cuando la peinilla era negra, y tomó las de Villadiego más rápido que un ratón con un cuete prendido en el rabo.
Hace apenas unos meses conversaba con una amiga en la terraza de “Athens” y me contó que había visto pasar a Mauricio Babilonia con una nube de mariposas amarillas revoloteando encima de su cabeza, y yo le conté que podía recordar con claridad extraordinaria a toda la avenida Samuel Lewis alfombrada de canto a canto de pétalos amarillos, anaranjados y lilas, mientras corría con mis nuevas zapatillas “Nike” saludando el amanecer de un nuevo día. Luis, el lavacarros, se nos unió y contó también que él había visto un tranque descomunal donde todos los carros eran taxis amarillos en el área de Obarrio.
Hoy, esta atmósfera milagrosa y encantada tiende a desaparecer, lo mismo que el poema de Lorca “Verde que te quiero verde”, que ahora luce un sospechoso color gris, bajo los aleros fríos y mudos de las nuevas estructuras de cemento de los edificios en construcción que eclipsarán los sueños de esmeraldas y topacios de un mundo claro, natural y respirable, con el fondo maravilloso del vocinglero canto de los pájaros en la mañana transparente.