29 de junio de 2008 :: Edición 298

Lingua

Epifanías

Creí entender por qué algunos padres o madres consienten más a algunos hijos que a otros

Ana Alfaro

La semana pasada, finalmente creí haberlo entendido todo:
Me cayó la peseta, se me prendió el foco, me iluminé. Tuve una epifanía, de esas que según la Iglesia provienen del latín epiphania, que a su vez lo tomó del vocablo griego (imposible de reproducir en estas páginas por razones mecánicas) equivalente a manifestación.
O al menos, creí entender por qué algunos padres o madres consienten más a algunos hijos que a otros. Por supuesto que jamás entenderé este asunto absurdo de las mamás latinas (y ni se diga de las Jewish mothers y de las musulmanas, de las que no tengo mucha idea, pero, a juzgar por el chauvinismo galopante y la forma en que las mujeres de algunas familias islámicas son tratadas (como si fueran simplemente vientres de alquiler o cabezas de ganado) de que crían a los hijos como príncipes y a las hijas como mendigas de afecto. Todo es para el señorito de la casa: la señorita, que se pudra, ah, pero eso sí, con su virginidad intacta mientras plancha las camisas de los hermanos y les arregla la cama todas las mañanas.
Pero finalmente entendí esto de, digamos, “desatender” al hijo más sano, o no prestarle más atención al robusto, por cuidar mejor, nutrir más, al que llegó a esta vida con equipamiento subestándar como el del helicóptero del Viejo, ese que se cayó en Calidonia.
Y lo acabo de entender porque a mi bebé le dio un “yeyo”. No estamos seguros a ciencia cierta de qué fue. Creímos que era arlequia, pero al repetirse el incidente, no descartamos la posibilidad de epilepsia. Ah, sí. Mi bebé es un perro, un precioso fox terrier de manto alambrado que se llama Atila El Dos, por aquello de que Atila El Huno ya estaba tomado. Y el pobrecito comenzó a gemir y convulsionar a medianoche, y me convertí en “mamá melodrama” (que viene del griego melos, canto con acompañamiento de música, y drama). Y drama, pues dice el DRAE, es un suceso de la vida real, capaz de interesar y conmover vivamente.
Es que no sé cómo hacen las mamás y papás para no tragarse las Tafil como si fueran Tic Tac, porque yo con el ataque del perrito quedé hecha una chancleta. No sé cómo hacen esas mamás que ven a sus hijos irse a la guerra; o esos papás que ven a sus hijas morir de accidentes, o de enfermedades que nunca debieron ser. Y no sé cómo hacen los doctores, los oncólogos, los cardiólogos, los pediatras y los demás especialistas cuando no pueden salvar una vida.
Y no entiendo por qué la Iglesia se empeña en que la gente ande por ahí procreando y no urge a sus feligreses a que no traigan a esta vida a más niños de los que pueden mantener, ni a cómo se opone a la investigación de células madre si pueden salvar vidas ni cómo los jefes de Estado mandan a morir a hijos ajenos.
Y al sentir tal pánico por la suerte de mi perrito, sentí una profunda compasión y empatía por las madres y los padres que sufren. Porque claro, los pelaos se sienten inmortales. Recuerdo que mis hermanos y yo nos saltábamos de techo en techo en el vecindario en que crecimos, donde los techos aquellos de brea y piedritas (¡qué detalles saca uno del baúl de los recuerdos!) tenían más de un metro de distancia entre alero y alero, y debemos haber tenido una pandilla entera de angelitos de la guarda, porque contra cualquier probabilidad o expectativa, ningún chiquillo quedó clavado en un poste de una cerca.
Hace dos domingos fue el Día del Padre, cosa que no celebro hace años, porque el mío me lo mandaron con corazón defectuoso y se fue demasiado jovencito. Y nunca se me había ocurrido, pero realmente espero que los médicos que no pudieron salvarlo hayan sufrido su pérdida, y que no lo hayan considerado una cifra negativa más para las estadísticas de éxito del programa de operaciones “de corazón abierto”, como lo llamaban entonces. Pero aunque haya pasado ya el Día del Padre, y el Día de la Madre esté aún lejos, saludo a todos los padres del mundo, y a todas las madres que hacen de padre también, por su bravura:
porque no hay acto más valiente que asumir la responsabilidad de criar a un hijo y velar por su bienestar y felicidad. Desafortunadamente
no todos lo hacen con éxito, y pasan sus fobias y prejuicios a sus hijos, porque hay que ver la cantidad de monstruos que andan sueltos por ahí, matando e hiriendo a destajo, sin ningún respeto por la condición humana.


 
 
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