Si ya ni en los grandes de la literatura se puede tener fe, ¿cómo tenérsela a la política?
Todos sabemos que una PC es una personal computer, aunque para muchos de nosotros, no exista más alternativa que una Mac. En España,la llaman “el pecé”, ya que allá se utiliza el término “ordenador” — igual al francés ordinateur— de género masculino. Pero para la gente de por allá arriba (léase Estados Unidos) PC tiene un significado mucho más controvertido, cuyo dominio es tanto o más necesario que una maestría en administración a la hora de hacer negocios. Me refiero al argot de “lo PC” o politically correct.
Engendro del movimiento de liberación femenina de la década del 70, junto con su campaña contra el perceived gender bias o la percepción de discriminación por sexo —femenino, claro está—, se comenzó a utilizar para describir falta de respeto o discriminación contra toda una serie de issues (palabrita que abarca una gama policromática sobre la seriedad percibida de un tema, desde un mero asunto o cuestión, hasta un “problemón”).
Olvida expresarte de manera políticamente correcta, y te arriesgas a un “Yo’, man, you dissin’ me or what?” Donde to diz o diss significa faltarle el respeto a alguien, disrespecting [faltar al respeto]. Hazlo inoportunamente, y te verás convertido en road kill, o sea con la misma importancia —e igual suerte— que un gato destripado en media carretera.
Por supuesto, una vez que el término voló de la proverbial caja de Pandora, se siguió aplicando con especial fervor a los racial slurs o vocablos denigrantes generalmente aplicados a un individuo de una etnia o demografía diferente a la propia. Así tenemos que los términos más comunes que se deben evitar al hablar con un African American son coon, nigger y boy —este último ofensivo por ser como llamaban los amos a sus esclavos negros—.
Es, en estos momentos, especialmente aparente, ya que hemos visto que el gran elefante blanco de la carrera presidencial actual de Estados Unidos, no es blanco sino negro: los medios de comunicación han evitado la N word, o la B word (por Negro, de donde salió el despectivo nigger, o Black) al referirse a Barack Obama, el candidato demócrata. Igualmente, no llames a nadie “piel roja” (a menos que juegue para los Red Skins) ni indio, sino Native American; mucho mejor si sabes el nombre exacto de su tribu. Y por amor a Dios, aleja de tu mente el obsoleto eskimo, para todo lo que no sea un emparedado de helado, y usa Inuit. Más al sur, un wet back se refiere a quien cruza (o cruzaba, dada la muralla “china” de Bush) la frontera de México-EU, muchas veces atravesando a nado el Río Grande, ergo con la espalda mojada (no confundir con los green backs o billetes de dólares). Y no dejes que te persuadan de usar términos como Mick, Wop o Spic, ya que éstos se refieren a los irlandeses, italianos e hispánicos, respectivamente.
Usa, en vez de eso, Irish, Italian o Spanish-American (ya ni siquiera quieren que se les llame hispanics ni latinos). Incluso, la Rana René o Kermit the frog exige que se le llame Anphibian-American. Y por supuesto, está el trailer trash, aplicado a la gente de bajos recursos económicos que viven en parques de casas rodantes. Este peyorativo se aplica muchas veces en tándem con red-neck, que se refiere a las personas blancas con el cuello rojo por exposición al sol: la labor física que dicha quemadura expresa se hizo, en algún punto, sinónimo de una persona de inteligencia, cultura, etc. que muchas veces exhiben tendencias radicales, excesivamente xenofóbicas, etc., y que no ven más allá de las fronteras de su gran nación. Solía pensar, cuando era joven e ilusa (o sea, más de lo que soy ahora) que una mujer en la presidencia enseñaría al mundo la buena gobernanza, pero la Yeya disipó tal esperanza en su momento, y Hillary Clinton tampoco hizo mucho por la causa feminista. Otro ejemplo de susto de las tendenc
ias norteamericanas autocentristas —y que tampoco me da sosiego como posible mandataria— es Sarah
Palin, la candidata a la vicepresidenica republicana, de quien Maureen Dowd, la aguda columnista del The New York Times, recientemente dijo, en son de mofa, que tenía registrada la marca Rouge Cou (o sea, red neck en francés). Acá, como decía en estos días la profesora Berna de Burrell, mal usamos “humilde” para referirnos a una persona de bajos recursos, cuando la humildad tiene menos que ver con el acumen económico que con la (cito al DRAE) “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”.
Y así vamos, de mal en peor en cadas elecciones: si bien las de allá dan susto, las de acá no reconfortan mucho: tenemos que pensar entre la no alternancia de poder, con cinco años más de PRD (y eso que yo creo que Balbina tiene enormes méritos y es muy trabajadora) o cinco años de ineptitud de la oposición. Pero decía Platón (427-342 a.C.) que “El castigo de quienes son demasiado inteligentes para dedicarse a la política es ser gobernados por los más estúpidos”. Por otra parte, “Platón era un aburrido” (Federico Nietsche, 1844-1900). Y finalmente, llegamos a León Tolstoi, quien aseveraba que “Nietsche era estúpido y anormal”.
Moraleja: si ya ni en los grandes de la literatura se puede tener fe, ¿cómo tenérsela a la política?