5 de octubre de 2008 :: Edición 312

Mirando un chispero

¡Ahí viene el colesterol!

Durante 15 años me hicieron comer lo que fomentaba el colesterol y me privaron de lo que era bueno para el corazón.

Daniel Samper Pizano

Irrumpí en el consultorio de mi doctora sin pedir cita, aparté de un codazo a la señora gorda que resollaba en calzones y sostén sobre una camilla, y arrojé un ejemplar de periódico sobre la mesa.

— Explíqueme esto —le dije a la doctora.

— Más bien explíqueme usted esto. ¿Cómo se atreve a entrar así a mi consultorio?

La señora gorda, luego de dar un gritico púdico, se había escondido tras una cortina.

— ¿Ya leyó las últimas noticias? —continué indignado—. Mire lo que dice aquí: los huevos no son malos para el colesterol.

La doctora ojeó la información. Las últimas noticias científicas revelaban que los huevos tienen colesterol, pero no lo producen en quien los consume.

— Doctora: los huevos son buenos —le dije desolado— ¡Y pensar que usted me los quitó hace 15 años!

La doctora estaba confundida y apenada.

— Cuando yo le prohibí comer huevos —tartamudeó— se pensaba que eran malos.

La señora respingó escondida tras la cortina y pidió que por favor me retirara para poder salir.

— ¿Y qué me dice de la margarina? —pregunté a la doctora—. Por consejo suyo, llevo media vida comiendo pan untado de esa horrible pasta aceitosa. Usted me insistía en que había que bajar el colesterol de la mantequilla. Y ahora dicen aquí que la margarina es más peligrosa para el corazón que la mantequilla.

— Sólo puedo decirle que cuando le cambié la mantequilla por margarina, la margarina era sana.

— ¡Y la sal! Usted me obligó a comer todo sin sal: sopa sin sal, carne sin sal, caldo sin sal, papas saladas sin sal… No llegué a probar huevos sin sal, porque ya me había quitado los huevos.

La gorda volvió a exigir que me fuera y dijo que le iba a dar pulmonía porque entraba un soplo frío en la ventana. Ni la doctora ni yo le pusimos atención.

— Pues ahora —proseguí— dicen que la sal sólo es mala para las personas hipertensas.

La doctora se moría del bochorno.

— Lo siento. Cuando se la quité, era mala.

— Lo mismo me dijo cuando me prohibió el alcohol. Y ahora resulta que los médicos aconsejan un vaso de vino con las comidas.

Mientras la doctora manifestaba su sorpresa, las cortinas se agitaron con un fuerte estornudo. La gorda acababa de contraer pulmonía doble. Pero esa no era razón suficiente para impedir que yo siguiera lanzando mi memorial de agravios.

— ¿Recuerda cuando me prohibió el aceite de oliva con el argumento de que atascaba las arterias? Pues aquí lo recomiendan, porque baja el colesterol.

— ¡Voy a salir! —anunció la gorda—. ¡Váyase, que voy a salir, y estoy medio desnuda!

— Para no hablar de los cohombros y del apio —dije—. A punta de comer cohombros y apio ya tengo verde hasta la sangre. Consejo suyo. Ahora lea aquí: el cohombro y el apio son malos para el corazón.

— Pues no lo eran… ¿qué puedo decirle?

— ¡Lárguese, que salgo! — gritó la gorda, ya furiosa. Y estornudó de nuevo, y el estornudo derribó las cortinas, y sobre su cabeza cayeron los visillos y las argollas y la barra de hierro que sostenía el andamiaje.
Yo estaba fuera de mí.

— Es imperdonable, doctora: durante 15 años me hizo comer lo que fomentaba el colesterol y me privó de lo que era bueno para el corazón.

— Es que… con el colesterol nunca se sabe.

— ¡Sobre todo los huevos! — clamé— ¡Pensar que me quitó los huevos!

Fue entonces cuando la gorda, en sostén y calzones, surgió frente a mí armada con el hierro de las cortinas y bramó en forma amenazante:

— ¡Ahora la que va a quitar huevos soy yo!

La doctora, aterrada, me empujó hacia la puerta.

— ¡Corra! ¡Corra, que eso es bueno para el corazón!

Y mientras yo emprendía carrera con la gorda detrás, alcancé a oír que la doctora agregaba:

— Por lo menos hasta la próxima investigación sobre el colesterol.


 
 
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