5 de octubre de 2008 :: Edición 312

La última palabra

Cheverísimo

En Valladolid surgió el vocablo ‘chévere’, hoy en desuso en España y adoptado en parte del Caribe.

Rafael Candanedo

Fue llamado ‘esponja chupadora’ el flamenco Guillermo de Croy, consejero del adolescente rey Carlos I. Todos lo conocían como ‘Monsieur de Chievres’, por el nombre belga de su localidad de origen. Si ‘Monsier de Chievres’ radicase hoy en Panamá sabría la suerte de los juegos de antaño, el origen de los durodólares y las mercancías delHP-1430. Símbolo de la rapacidad y corrupción del amanecer del siglo XVI europeo.

Noble innoble y deshonesto, Chievres no tenía límites. Titiritero de un mozo rey que ni siquiera tenía la mayoría de edad y no hablaba la lengua española. Señor de la perversidad, Chievres fue sinónimo de elegancia. Vestía con trajes de colores diversos y con buen gusto. Con este extremo, surgió en Valladolid el vocablo ‘chévere’, hoy en desuso en España y adoptado en nueva parte del Caribe. Ha llegado a ser una muletilla.

“El tipo era lo más garpanta y lagarto que se puedan imaginar. Le gustaba vivir en un lujo máximo y todo lo que podía”, expresa mi amigo Carlos Crespo, quien me habló por primera vez de este sujeto. Tanto Carlos como yo estamos curados de espanto y no nos sorprende que una voz tan usada en una región latinoamericana y con tantas mieles tenga un origen tan maloliente.

Sirvió Chievres (Chièvres, en francés) al rey Carlos I (después emperador Carlos V). Antes de que fuese rey ya Croy era chambelán del adolescente. Supo manejar a su antojo las Cortes castellanas para obtener cuanto recurso necesitase en sus ambiciones. Leí que el sujeto impuso la designación de un sobrino de veinte años (que nunca pisó tierra española) como arzobispo de Toledo para reemplazar nada más y nada menos que al cardenal Cisneros.

Chievres fue el amo de Castilla. En las calles se popularizan estos versos: Sálveos Dios/ ducado de a dos/ que el señor de Chievres no topó con vos.

Podríamos decir hoy que ‘Dios te salvó billete de a veinte porque el tal Chievres no te encontró’. Un heredero de Chievres debe haber sustraído palomas y muñecos deformes de los juegos de antaño.

De Chievres surgió chévere, que expresa lujo y buena vida. El aristócrata flamenco andaba en los juegos de antaño y nadie pone en cuestión que era elegante. El lado frívolo del siniestro consejero fue el que llegó a América, a partir de Cuba.

La diáspora cubana lo llevó a tierra firme y de allí se diseminó a través de muchos pagos. Gustó el vocablo. A Panamá arribó gracias a las telenovelas campeonas de la frivolidad. ¿Las colombianas? Frío, frío… ¿Las brasileñas? Frío, frío. La frivolidad es solidaria. Ayer fue Chievres y hoy cierto tipo de telenovela.

Quien esté interesado en este embrollo histórico puede consultar el libro Historia de reyes y reinas, de Carlos Fisas (Editorial Planeta, 1998). Sobre el origen del vocablo no conocemos bibliografía.

Atontamiento. Vivimos una época de progresiva idiotización. Es común escuchar cualquier tontería y no nos quita ni el sueño. Dos ejemplos: bienes y raíces. Estos negociantes, además de la transacción de bienes, también tramitan raíces. La ANAM debe regular esa actividad. Lo correcto es ‘bienes raíces’. La conjunción ‘y’ afea y daña la frase que designa esa materia. La moda es ‘turismo residencial’. A pesar de su contradicción intrínseca crece como berro a orilla de quebrada. Con esa frase se intenta de manera deformada indicar aquella oportunidad de determinados inversionistas extranjeros de adquirir una residencia en nuestro país. Muchas veces esos inversionistas son personas que se han jubilado en su nación de origen y se disponen a radicarse en Panamá. Vienen a descansar y a disfrutar de la geografía, la cultura y la gente de acá. Algunos son jubilados precoces. De 45 años.

Ricardo González, conocedor de la materia turística, solicita de mi parte un punto sobre la i o la jota sobre el adefesio de ‘turismo residencial’. El turismo es una actividad que tiene un tiempo limitado. Un mes, lo máximo, según algunas pautas internacionales. ‘Residencia’ y su adjetivo derivado ‘residencial’ manifiestan moradía. Es el lugar en que se reside. ¿Quién salta la soga? ¿Quién coge este trompo en la mano? Son términos que se contradicen en su esencia, y no admiten pirotecnias verbales.

Lo dijo

Cuña. Es difícil el empleo de las preposiciones y locuciones preposicionales. Algunas personas obstaculizan el discurrir gramatical con cuñas ociosas y no traídas de las neuronas. ‘Estamos al pendiente’, insiste una señora. Lo correcto: ‘Estamos pendiente’. Tire al cesto de la basura esa cuña odiosa.


 
 
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