En la montaña no puede haber apuros, no lo permite el equipo que llevan sobre los hombros.
Roxana Muñoz.
-Aló, mamá, llegamos.
Estoy en la cima.
Atenas Cardoze habló mediante un teléfono satelital con voz cortada, desde la montaña más alta de Europa, el Monte Elbrus. Al otro lado de la línea —y del mundo— en Panamá, a su mamá se le aguaron los ojos. Su hija estaba sana, entera.
Diez minutos tenían los cinco expedicionarios para respirar a 5 mil 642 metros el triunfo, abrazarse, sacar la bandera de Panamá y tomarse la foto, la prueba de que por primera vez un grupo de panameños pisó ese lugar.
Esos 15 minutos en la cima les acababan de costar siete horas de caminata, seis meses de entrenamiento, y un año de preparación a Gilberto Ceballos, Yanko García, Ignacio Iñaki Lassa, Nicolás Epifanio y Atenas Cardoze, todos miembros del Club Excursionistas del Istmo, con edades de entre 32 y 45 años.
Con su cabello largo, sus maneras gentiles y el traje de oficina que usa para desempeñarse como gerente de ventas de un grupo hotelero, Atenas no parece una mujer que está dispuesta a hacer largas caminatas, a pasar días sin tomar un buen baño a cambio de estar en el lugar que más le gusta: la montaña. Sus ojos brillan mes y medio después, recordando la expedición en la que le tocó ser la única mujer del grupo.
Un inicio sin baño ni sueño
La aventura empezó el 4 de agosto con un vuelo que llevó a cuatro de los cinco excursionistas de Panamá a La Habana, Cuba, y de allí a Moscú, Rusia. “Para ahorrarnos dinero esa noche nos quedamos en la taberna de un amigo de Gilberto, charlando hasta el amanecer”. Gilberto Ceballos, el líder de la expedición, era también el único que hablaba ruso, lo que más adelante ayudaría a entenderse con el guía que los conduciría al Elbrus.
Debían tomar otro avión y viajar tres horas y media hasta Mineralniye Vody, ciudad rusa famosa por sus spa y desde cuyo aeropuerto salen las expediciones al Elbrus; allí se encontrarían con
Iñaki Lassa, el quinto expedicionario que viajaba desde Venezuela. Completo el equipo tomaron el autobús que cuatro horas más tarde los llevaría hasta el Valle de Baksan, más cerca de la montaña. Allí tenían hospedaje y era donde por primera vez tomarían un baño desde que salieron de Panamá.
Las siguientes jornadas estarían dedicadas a familiarizarse con el terreno, la altura y el clima.
Allí se encontraron con montañistas de Francia, de Rusia, de Corea. Los únicos otros latinoamericanos eran mexicanos.
Pasarían cuatro días haciendo largas caminatas de hasta siete horas. “Al principio me costó un poquito, tuve problemas con la respiración, pero hice la primera caminata hasta los 3 mil 400 metros que es como subir el Volcán Barú”. Unas semanas antes del viaje Atenas se fue a subir el Barú, llevaba sus botas especiales para caminar en hielo, que pesan como siete libras, quería probarlas pero tuvo que dejarlas escondidas a mitad de camino porque no pudo hacer el ascenso con ellas entre la arena y la piedra.
Durante esa aclimatación para alcanzar el Elbrus probaron todo el equipo de nieve que era imposible estrenar en Panamá: los abrigos, las botas con los trampones para caminar sobre hielo. Allí sobre el hielo el calzado que tuvo que dejar escondido a mitad de camino del volcán Barú funcionó a la perfección.
Un aliento en idioma español
“Sí, pasarán. Sí, pasarán”. Era lo único que en español acertaba a decir el guía ruso que les asignaron para subir al Elbrus. Para estos ascensos los montañistas compran un paquete que incluye traslados, hospedajes, el guía y la entrada al parque. La mayoría de las grandes montañas se encuentran dentro de parques protegidos. Un paquete al Elbrus está en alrededor de mil 500 euros por persona. El montañismo tiene un alto precio, por eso las expediciones cuentan con patrocinadores. La de los panameños tenía el respaldo de Laboratorios Rigar y de Helly Hansen, especialista en ropa térmica de montaña, la cual gracias a la tecnología es ahora muy liviana.
Les hicieron días excelentes. Noches estrelladas, sol fuerte. Veían deshielos durante las aclimataciones. Ríos que parecían abrirse entre las grietas. Nada parecido con lo ocurrido a una expedición española que tuvo que devolverse sin hacer cima. El tiempo se les cerró y fue imposible llegar.
El día en que emprendieron el ascenso los panameños salieron del campamento a las 2:00 a.m. Lo mejor es hacer la mayor parte del ascenso de noche.
“Caminas con un paso corto, va uno detrás del otro, con tu luz de la cabeza enfocada al piso, no ves más nada, sientes tu cuerpo que va caminando hacia arriba, ves puntitos por todos lados, son las luces de los cascos de las otras expediciones”. A esa hora hace mucho frío, pero a medida que se camina el cuerpo se calienta y se pueden ir desprendiendo de ropa.
Alrededor de las 5:00 de la mañana el grupo ya tenía tres horas andando, estaban a 5 mil 100 metros de altura. Atenas, al igual que los demás pudo apagar la luz de los cascos, los rayos del sol hacían su acto de aparición, se veían las nubes y el paisaje de picos y cielo celeste era precioso. “Qué hermosura y qué emoción, entonces vi la cantidad de gente que estaba debajo de nosotros y todo lo que habíamos avanzado, había sido bueno andar de noche porque así no había notado todo lo que habíamos estado avanzando”.
En ese momento se detuvieron para tomar té. “Hacía tanto frío que no sentía este dedo (se toca un pulgar). La idea era mover mucho los brazos para calentarnos, pero todos estábamos emocionados por el paisaje”.
La primera parte de camino al Elbrus se hace sobre nieve, el resto sobre hielo. En la alta montaña cubierta de nieve el paisaje se ve a través de lentes especiales que protegen del viento y del resplandor de la nieve. Quitarse la protección de los ojos puede poner en peligro la retina.
“Sí, pasarán, sí pasarán”, insistía enérgico el guía, un ruso que en excelentes condiciones físicas alentaba al grupo. “¡Claro que podremos!”, esa era la sensación que se transmitían unos a otros.
Durante los ascensos se suele hablar poco. “Tú hablas contigo mismo”. Desde las bromas hasta las palabras de aliento suponen un esfuerzo extra que es mejor economizar.
Más que con palabras, el mejor apoyo es estar constantemente pendiente de los demás compañeros. “Come algo”, “toma agua”, “con calma, poco a poco”, “Esa mochila está medio virada”. Son frases que revelan la preocupación de unos por otros.
En una expedición como esta no solo debe estar preparado el cuerpo, sino también la mente. Años atrás Atenas estuvo en el Nevado del Ruiz en Colombia. Como empezaron el ascenso tarde se encontraron con nieve muy suave, los cuerpos se hundían. Dos compañeros de los cincos abandonaron la expedición. A Atenas la altura le revolvió el estómago y vomitó, pero después de devolver se empezó a sentir mejor. Más adelante otros dos compañeros abandonaron el ascenso. Para el montañista la emoción de la aventura empieza desde el día en que se apresta a organizar la gira, lo cual toma meses, por eso desistir es un gran dolor que lleva hasta las lágrimas.
Ver a un compañero claudicar impacta al resto, pero entre los grupos de montañismo se considera que si por lo menos uno llegó a la cumbre entonces la expedición fue un éxito. Acompañada del guía, Atenas recuerda tener tantas ganas de llegar a la cumbre del Nevado del Ruiz que se repetía una y otra vez: “Yo puedo, yo puedo”. Después de una hora casi gateando sobre la nieve, para no hundirse tanto, ella llegó a la cima. Allí el guía le tomó la foto con su bandera de Panamá, mientras mencionaba los nombres de aquellos compañeros que tuvieron que quedarse atrás, como es costumbre entre algunos montañistas.
Cuando volvió con sus compañeros de grupo uno le comentó que su problema había sido que le flaqueó la mente, aunque sabía que su cuerpo podía.
Si un montañista siente que no puede avanzar lo mejor es renunciar por esa vez, un mareo puede ocasionar una caída en la que incluso podría perjudicar a otro compañero. “La montaña siempre estará allí”, le dice un amigo a Atenas, y la vida en cambio no se puede recuperar. Quienes insisten en seguir a pesar de estar en malas condiciones se arriesgan a no regresar.
En la montaña no puede haber apuros, no lo permite el equipo que llevan sobre los hombros. Los guías siempre van a un paso más acelerado porque su condición física es mejor. Los aventureros panameños, mediante la traducción de Gilberto, a veces le recordaban que ellos venían del nivel del mar, y necesitaban un break.
En Elbrus, Atenas no tuvo problemas con el estómago. Faltando menos de tres horas para llegar, después de haber caminado nueve horas, todos estaban extenuados.
“Paramos todos a descansar. La altura nos estaba pegando fuerte, y me sentía débil. Entonces me pregunté ¿yo podré?”. Atenas recuerda a todos diciendo “claro que sí vamos a poder”. “Ahí tienes que darte una inyección de fuerza, de energía”.
En ese momento cada paso se lo dedicaba a Dios.
Durante ese último tramo el guía los motivaba aún más y subrayaba el hecho de que faltaba poco, una táctica frecuente en estos casos.
“Faltaban 400 metros y vi que estaba bastante peligroso”. En esa última parte el camino se tornó estrecho. Ya no se podía dar marcha atrás. En la mente del grupo estaba el ansia por llegar. “Íbamos a un paso moderado, me dio fortaleza que estábamos todo bien y juntos allí con el guía y a nuestro paso llegamos”.
Habían pasado 10 horas. Eran las 12:30 mediodía. En la cima, exultantes, querían quedarse más, pero hacía —10 grados centígrados y había muy poca visibilidad. El guía, en ruso, les dijo tras menos de 10 minutos en la cima que era hora de volver.
“La montaña te enseña a ser fuerte y te muestra el valor del trabajo en equipo y cómo superar las diferencias aún cuando todos tienen carácter y personalidades distintas”.
Esas enseñanzas Atenas también quisiera llevarlas en un futuro a una compañía propia de motivación. Muchos montañistas se han desempeñado con éxito en esta área.
Para 2009 Atenas se propone alcanzar alguna cumbre en Perú, de 6 mil metros, para después acometer el Aconcagua, el reto de los montañistas de la región.
Atenas, a sus 34 años, siente que tiene mucho por escalar. “Es amor y pasión lo que le tengo a la montaña”.